martha | 15 Mayo, 2012 19:34 |


Sueño que aún llevo aquella mota de madera dentro. Cuando la noté en el paladar la aspiré como si fuera el humo de un cigarro. Podría ser polvo de bandurria o partícula de arpa o de guitarra o brizna de mandolina... al fin y al cabo en este taller cualquier viruta es un pedazo de sonido desprendido de un instrumento musical en su proceso de reparación.
Mi comportamiento obedecía a una simple lógica: si aquella partícula estaba en el aire y tras posarse en el suelo, en la mesa y escapar de entre las uñas, era porque no tenía un lugar en cualquiera de aquellas guitarras, por ejemplo. Su naturaleza sonora debía apretar los agudos o desviar los graves a callejones sin salida... el caso es que había sido expulsada. Podría haber salido por la fuerza de un Stradivarius en mal estado ¿Por qué no?. El caso es que aquella mota encontraba su nuevo hogar en mi garganta.

La simple idea me ilusionaba: me permitiría sustituir mi falta de cualidades musicales por un nuevo argumento: “Disculpe que desentone es que he inspirado un do mal sostenido” o “Verá usted, es que poseo unos alvéolos híbridos, mezcla de xirimía desafinada y un pulmón corto”... Con este tipo de explicaciones podré elevar los hombros y seguir destrozando canciones sin perder la compostura.

Como podrán imaginarse, recuerdo cada detalle de aquel momento: Un laúd dormía, esperando su turno, en un estante. La barriga de una guitarra mostraba sus secretos en la mesa en la que me hacía un sitio. Pere, uno de los luthiers, estaba recordando un instrumento ausente. “Tenía tapas de cedro con incrustaciones en nogal, aros pintados e incrustaciones de concha nácar en las clavijas y tiracuerdas; el puente era bajo...” De su boca llovían sustantivos fascinantes llenos de detalles que sigo siendo incapaz de comprender pero que hoy me permiten construir con la imaginación instrumentos sin sentido: ensamblo cajas hexagonales y romboides con costillas, mangos y tapas armónicas.

¿Y si aquella viruta que veía tras los papeles se hubiera desgajado de un clavicordio? Desde que me colé en el taller de reparaciones de instrumentos musicales mi frenesí creativo anda revolucionado. Lo hice atraída por la música que transpira el local y atraviesa como un rumor sus muros. En aquel reino de lo sutil, la densidad y el peso de una lámina de madera determina el sonido final de un instrumento. Los vecinos reparadores que allí trabajan son capaces de adivinar la sonoridad del futuro instrumento con sólo ver los anillos que forman el duramen, la albura, el cámbium y el liber de un tablón. ¿No es esto una particular sinestesia?. Como no colarme...

Aquella mañana, mientras Pere me explicaba que cualquier tronco guarda tonos musicales en sus entrañas (en función de la cantidad de lignina, minerales y otras sustancias que le conformen) yo imaginaba bosques de árboles preñados de sonidos. Me parecía que cada gesto del luthier estaba lleno de secretos, por eso presté una atención expectante al momento en que sus dos dedos repararon en un pequeño taco de madera de pino. Aquella piececilla era alargada, ligera... La fui memorizando mientras él la situaba en un lugar preciso dentro de las vísceras de una guitarra. Instantes después, era yo la que escuchaba, acariciaba e incluso paladeaba el segundo huesecillo de madera que tenía que colocar en su lugar, siguiendo el dibujo trazado a lápiz sobre la fina lámina. Fue en aquel preciso instante cuando inhalé esa pizca de madera que hoy siento que silba en mis pulmones.
Desde entonces los árboles guardan una gama de silencios sonoros, como los latidos del corazón y las cascadas de sangre de nuestras venas, y yo formo parte de la orquesta.
martha | 08 Mayo, 2012 16:30 |


Un grupo de jóvenes ensayaba una obra de teatro infantil en un rincón de esta herrería y el sol se colaba por uno de los ventanales superiores, cuando alcancé el local. La luz cenital favorece un tipo de espera, cercana a la sacra, de modo que no sabría decir cuanto tiempo pasé escudriñando las grandes herramientas que me salieron al paso, nada más entrar. Contagiada por esta sensación de recogimiento me pillé calculando que ocupaban el espacio equivalente a tres confesionarios (aunque están distribuidas de forma asimétrica). Quizás fuera el silencio de las piezas de hierro lo que genera tal aislamiento... Intuí que Pep debía de tener algo de ermitaño o de iluminado... Dispuesta a ahogar mis elucubraciones y encontrar mi sitio en su taller, abrí mi portátil junto a los catálogos que se apilaban en la estantería. Ojeé al azar uno de ellos. Allí me esperaba una dirección

Me había adelantado unos minutos a nuestra cita y decidí aprovechar el tiempo. Cuando me encontré con la pestaña “Atelier intime”, la abrí. Fue un acierto, el texto describía precisamente el lugar en el que aguarda al herrero, otorgándole de nuevos significados. Buscando alguna explicación a la insólita calma del lugar, desbrocé los párrafos, dejando a un lado ciertos datos, como que su dueño lleva más de cuatro décadas en este universo, construido con memoria, olvido, esperanza, cansancio, luz, oscuridad, corazón, éxitos, fracasos, retos, miedos, coraje... (son los sustantivos que aparecen en sus líneas). Tampoco había tomado nota de que empezó a trabajar en la herrería como un acto de iniciación a la madurez... hasta que me topé con un dato vinculado con la quietud: cuando a los quince años Pep entró a formar parte de la herrería de su padre, lo hizo en medio de ruidos ensordecedores...

Levanto la vista. No logro imaginar aquel tempo en el que estas silenciosas máquinas lanzaban alaridos. No logro identificar esta calma con la vejez o la muerte. Garabateo en la memoria estos matices, construyo frases en el aire mientras prosigo con la lectura, hasta encontrar otro párrafo. Menciona la “gran ballena silenciosa” en que puede transformarse una isla a ojos de un adolescente.

Vuelvo a levantar los ojos de la pantalla de mi portátil para reparar en las paredes de aquella tripa de cetáceo en la que la luz de la mañana avanza con lentitud y deseo que Pep se retrasare. Quiero estar un ratito más a solas en “ aquella isla perdida en la inmensidad del mar” en la que el joven herrero se convirtió en un Robinson Crusoe hace ya muchos años. Allí, “intentando sobrevivir en un mundo desconocido y tenebroso”, Pep aprendió a valorar “la verdadera esencia de las cosas”.

Oh, sí, veo a Pep aunque aún está por llegar. Ser engullido por el vientre de la ballena es uno de los símbolos más arraigados en la literatura, según el relato clásico, el héroe renace después de ser devorado... Pero no, no se trata de una deducción, es algo más parecido al contagio. Pep es hijo de Jonas y Robinson. Comprendo que levantó su hogar en este descomunal vientre después del naufragio y que desde aquí construyó tesoros incapaces de flotar, contundentes como las verdades... Leo que a ese que aquí no hubo salvadores (“La verdad es que nunca vinieron a rescatarnos, ni puta falta que nos hacía”) y estoy de acuerdo con él. Ni puta falta que hace.

martha | 01 Mayo, 2012 00:52 |


Con Francisco, en su taller de bicicletas, La Custodia. Fotografías de Tony Bibiloni
Son Gotleu era y es un barrio trabajador, hace dos generaciones sus habitantes iban andando o en bicicleta a sus puestos de trabajo y al finalizar la jornada, con poco espacio en sus casas, dejaban el humilde vehículo en el garaje/taller de Francisco. Aquella necesidad ahora es una solución. El hecho de que la bicicleta se haya convertido en la reivindicación de un estilo de vida sostenible demuestra que evolucionar no significa siempre ir hacia delante. La escasez que fue seña de identidad del barrio se convierte hoy en emblema de sostenibilidad sin que nadie haya tenido que hacer nada. La vida se mueve en espirales y las retinas de Francisco parecen detener su paso.

Francisco se apoda “El Parches”, porque su fuerte ha sido, en esta vida, tapar los agujeros por los que se escapaba el aire de las ruedas. Dispuesto a contarme sus secretos, saca de un rincón una vieja bicicleta primorosamente cuidada. Siluetea el sillín de cuero con los dedos, haciendo que repare en sus detalles. Tiene más de cien años y la ha usado hasta hace cinco. Su dueño nunca regresó a pagar su deuda. Sí (vuelve a quedar en silencio)... Infinitos segundos después se propone enseñarme cómo endereza una rueda. Mientras hace girar sus radios en torno al eje, donde miro aparecen espirales. La rueca de la Balanguera traza círculos, aliándose con las musas muñidoras de nuestros destinos. Estremecida, le pido que me deje tomar asiento en su sillita y él accede, sorprendido. Quiero asomarme a la vida desde ahí.
¿Qué es la sabiduría sino la imagen de un hombre sentado? No con la cabeza entre las manos (pesaroso ante su propia conciencia) sino observando el mundo como si fuera un lienzo, con la mirada al frente. De esta manera, Francisco permanece en su sitio (una minúscula silla a las puertas de un taller de reparaciones de bicicletas). Su actitud permite que la vida transcurra reposadamente delante de un negocio que bautizó hace cuarenta años como “La Custodia”. Fue su creador y ahí continúa, casi siempre en silencio. Es fácil que a su alrededor haya hombres que esperan, como si “custodiar” fuera un verbo intransitivo, con sentido por sí mismo. Francisco apenas dialoga con ellos porque da por supuesto que son clientes de su hijo, que hoy lleva las riendas del negocio. Mientras todos miran a la calle en silencio, sus cuerpos dicen: “aquí se guarda con cuidado”... no importa qué.
Carrer de Regal, 111 07008 Palma
El silencio vuelve a imponerse. Ahora somos más quienes miramos a la calle. A nuestras espaldas, el humilde taller de bicicletas se convierte en un punto de encuentro para el conocimiento. Durante unos minutos soy yo la que enhebro mundos: los silenciosos ojos de Francisco con la custodia del destino de los seres humanos, los agujeros por los que se escapa la vida y la reparación de las ruecas....
Este relato está hermanado con otros talleres de reparaciones del barrio. Puedes seguir su itinerario pinchando en los botones verdes del mapa. Sus historias se irán publicando en los próximos días
martha | 10 Marzo, 2012 00:06 |

Subida a un escenario, creando itinerarios invisibles con la palabra y la imagen, o en compañía de l@s diferentes, compartiendo la experiencia de encontrar universos donde otr@s ven miserias para crear documentales tan colectivos como minúsculos.
Contar una historia con la grandeza de lo humilde. En eso estoy.
Ahora que el mundo se desordena, es el momento de narrar como quien canta*. Una conferencia o un documental que dure el tiempo de una canción. ¿Por qué no? Lo hice, lo estoy haciendo. Lo recomiendo.
La primera experiencia fue una microconferencia, duraba 6 minutos y 40 segundos y se utilizaban 20 fotografías. Esas eran las condiciones. Se trataba de un encuentro que se llevaría a cabo en el Colegio de Arquitectos de Palma y que organizaba el arquitecto Vicenç Mulet. El modelo narrativo se denomina PechaKucha.
La convocatoria era global. En una semana se colgarían en la red 6000 microhistorias sobre 495 ciudades del planeta. Desde hace una semana el mapa está lleno de puntos azules. Uno de ellos señala Mallorca. Concretamente, Palma. Podéis verlo aquí: PechaKucha 20x20
Acepté la propuesta. Miré a mi alrededor (mi casa, mi barrio –Son Gotleu-, mis vecin@s). Hacer de lo que tengo al lado mi materia narrativa, el principio de la sostenibilidad. Elegí una calle de apenas dos kilómetros... El relato se llamó: “Las líneas invisibles de la ciudad”.
Fuimos 12 micro-conferenciantes. 12 miradas sobre Palma. Podéis acceder a sus historias si visitáis el blog de Vicenç:
La segunda experiencia comenzó el martes 13 de marzo en el Casal de Barri, también en Son Gotleu. Seremos unas 20 personas mirando los rincones del barrio, espigando historias minúsculas para crear un puñado de micro......documentales. Pero de eso hablaremos en Abril.
* O como quien toma un instrumento y sale a la calle a tocar, antes de que la ordenanza de ocupación en la via publica que pretende imponer el ayuntamiento de Palma se haga efectiva. Esto es lo que prohíbe: la recogida de firmas y realización de encuestas, prohíbe reclamar la atención de los ciudadanos, prohíbe jugar en la vida publica, prohíbe los grupos de personas, sanciona al payaso por hacer reír y acusa a los malabaristas de incitar a la violencia cuando hacen malabares con fuego, considera mendigos a los artistas callejeros y prohíbe y sanciona todo tipo de mendicidad...
martha | 24 Diciembre, 2011 12:05 |







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